domingo, 15 de octubre de 2017

Agosto sangriento

Agosto nos secó las venas,
sucia sanguijuela
que se emborracha de nuestra savia,
obsceno cirujano
que me extirpa el agua y la raíz.

Llegó con su luz incandescente
y nos quemó la brisa,
nos ahogó el aire y la sal,
selló nuestras grutas subterráneas.

Agosto llegó, sangriento,
con ropa sucia en las manos,
y nos incendió el alma y sorbió nuestros sesos,
obsceno cirujano
que nos arranca al feto de los brazos.

Nos secó las lágrimas con su luz insoportable
y enraizó en nuestra tierra,
violó nuestros bosques y laderas
y selló nuestros ojos calcinados.

Y cruje, y cruje, y cruje...

Sangrienta sanguijuela.

sábado, 14 de octubre de 2017

Afrodita

Descubro mi propio rostro en la altivez con que esas olas indomables arrancan a las rocas del Egeo quejidos como bofetadas. Solías sentarte en la arena y transformar en versos esos sonidos que ahora se me antojan mordaces; te creía cuando deducías inocencia en la belleza fría de sus besos salinos.
Me arranco pellejos de debajo de las uñas mientras me veo en cada azote. Cierro los ojos y escucho mis propios besos en los latigazos del mar. Te fuiste y me gustaría decir que el luto al que me he forzado tiene que ver contigo, pero es meramente egoísta. No lamento que no hayas tenido más tiempo, sino que yo no lo haya hecho. Noto tu ausencia en la forma en que mi ego tiene hambre, en mis muñecas que ya no sujetas para obligarme a darme libre y sin control.
Mi amor se estrelló en ti, mi amor propio se estrelló en ti y me hizo pensar en una capacidad de entrega a la que no podía llegar. Te lloro en esta misma playa y sé que me lloro porque no es a ti a quien echo de menos, sino a mí: la voz, la algarabía, el vigor cuando te escuchaba leer poesía vieja y hacer de ella algo recién parido.
No me rompo porque no era más que el eco de un ego insaciable, de un deseo tan hedonista que no entiende de deseos ajenos, de tu deseo. No me rompo porque tú fuiste el impulso, pero nunca la finalidad.
No me rompo como esas olas indomables lo hacen contra las rocas de Mitilene porque recordaré tus pechos, y tu pluma siempre entintada, y el calor de mi propio útero; pero nunca con la veneración ciega de la amante deshecha por otra piel, sino con la altivez de quien no se deshace por nadie.

Y los quejidos de las rocas, bofetadas de agua salada, se parecen al sonido de mis besos cuando a quien besaba, más allá de tu piel, era a mí.

domingo, 20 de agosto de 2017

Sin-Cara

Mi conocimiento de tu cuerpo
es meramente gramatical

y tus nociones sobre mi alma
son acordes malinterpretados.

Nos observamos a través de lunas tintadas
y nos arrancamos la piel con guantes de goma.

Soy carnicera de tu cuerpo
del que veo sólo ecos,

me laminas el alma
de la que apenas oyes sombras.

En la Multitud, nada nos identifica,
nada me hace diferenciarte del resto,
nada te lleva a señalarme.

En la Soledad, somos un espejo:
veo en tu alma mis carencias,

ves en mi cuerpo tu ausencia.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Odd

La poesía renace en la noche,
cuando los fantasmas alzan la voz.

La poesía germina en el desierto
y se enzarza en lasciva pelea con la nieve.

La poesía es una noche larga
y nieve sobre Belfast.

La poesía es un hombre muerto
y rima enmohecida.

La poesía baila las copas de más
y escribe su nombre en el agua,
tiene cabellos rojos y mirada de atardecer.

La poesía besa la náusea
y deja pisadas irregulares,
blande gritos mortales y se atraganta en ellos.

La poesía renace del útero estéril
y se alimenta de vísceras palpitantes.

La poesía es una mañana acuosa
y el luto de Fanny Brawne.

lunes, 22 de mayo de 2017

El pantano

No existen los puntos y aparte.

No hay finales.

Hay batallas
que estamos condenados
a luchar toda la vida.

Hay llantos
que se prolongan
mientras nos resta aliento.

No existen las nuevas oportunidades.

No hay borrón y cuenta nueva.

Hay amores
que estamos empujados
a alimentar toda la muerte.

Hay sueños
que se anhelan
mientras nos resta llanto.

Deseamos a ciegas
y besamos a escondidas;
soñamos sin red,
pero avanzamos pisando el freno.

No existen los puntos y aparte.

No hay comienzos.

Hay rivales
que estamos destinados
a llevarnos a la tumba.

Hay voces 
que, aun íntimas y propias y nuestras,
elegimos acallar y someter.

No existen las nuevas oportunidades.

No hay finales.

miércoles, 15 de marzo de 2017

V

Quiéreme como si fueras a morir,
como si fuese un último aliento,
las últimas gotas del manantial.

Quiéreme como al arco iris,
como al oasis y al espejismo
y al hada que existe sólo en tu imaginación.

Quiéreme como al horizonte,
como a las nanas infantiles
y al recuerdo de aquellas manos llenas de arena.

Quiéreme como a la luz,
como al aire,
como si fueras a morir.

Como a la mejor carcajada,
como a la nieve,
como a las cuerdas de una guitarra.

Quiéreme como al sol,
como a la luna,
como a la voz que te ayuda a dejar de llorar.

Quiéreme como si fuese un último aliento,
como al silencio,
como a la paz.

Quiéreme como no quieren las personas,
sin cadenas,
sin temores.

Quiéreme como si te arrancases la piel,
como si estorbaran los cuerpos,
como si no existiese el tiempo.

Quiéreme como a la luna,
como al sol,
como a la luz en medio de la oscuridad.

Quiéreme sin días
y sin noches,

sin rostro
ni identidad.


Como no quieren las personas.

martes, 31 de enero de 2017

El compositor

Martes por la noche, frío otoñal. Las voces de las doscientas personas que se han reunido en el salón de actos para ser testigos de la presentación ya lo ahogan como una mano enemiga. Oye su propio nombre repetido por gentes distintas, ajenas, que no conoce y no le conocen.
    Apura otro trago de cerveza negra y la mezcla con un par de sus antidepresivos favoritos. Hace tanto que depende de ellos que ni siquiera nota ya su efecto, pero irán bien con el alcohol. Funcionará mejor. Como se espera de él.
    Todo el mundo parece creer que uno es mejor cuando sabe explicar lo que hace y por qué lo hace. «¿Cuáles son los temas que aborda en este trabajo? ¿Es cierto que algunas de las canciones del álbum están dedicadas a una antigua pareja?», preguntas que respondió por escrito hace apenas unas horas; todavía saborea entre los dientes lo falso de sus palabras en la pantalla del ordenador.
    No sé qué es lo que hago, esa es la verdad. No sé por qué lo hago ni si lo hago bien; probablemente no, no lo hago bien. Las cuestiones técnicas se me escapan y no me queda paciencia para hacerme cargo de ellas. No me gusta que se entrometan y me den consejos. No quiero reconocimiento ni aplausos, no quiero palabras gratuitas. Y, desde luego, no quiero ni oír hablar de críticas. Sé lo que dicen de mí. Sé que me consideran un músico incorrecto, que se salta las bases más estrictas de lo que se supone que es este arte y compone temas que no son más que tapices irregulares hechos con telas que no encajan e hilos que no combinan bien. Quieren verme para tener material con el que respaldar sus afirmaciones. Saben que si no me he defendido hasta ahora es porque no puedo defenderme.    Después están los otros, los que creen que han llegado al fondo de mi alma porque conocen cada nota de mi discografía. Escriben opiniones eternas y edulcoradas sobre mí como si fuera el antihéroe romántico de alguna novela de Goethe. Soy, afirman, un hombre torturado, con un pasado siniestro; un ermitaño que no se relaciona y vive rodeado de demonios. Alguien herido.    En algunas cosas tienen razón.

    Se seca de nuevo el sudor de la frente, las mejillas, el cuello. Los dedos le tiemblan ligeramente, como si fuera a bordo de un tren. Sabe que es probable que no sea capaz de hablar, que se dejará en ridículo como siempre lo ha hecho. Que ni siquiera tendría que haber aceptado dar la rueda de prensa en ese prestigioso auditorio por el que han pasado personas con las que no tiene nada que ver. Personas con talento, según juzga la sociedad; no a su criterio, no todas, pero no funciona así. Su criterio no importa. Quizá ni siquiera tenga sentido que alguien como él tenga un criterio.

    Me enciendo un cigarro. Hacía meses que no fumaba uno, pero agradezco que me lo hayan ofrecido, porque necesito tranquilizarme y las pastillas no están funcionando. El corazón me late muy deprisa y tengo miedo de que de pronto se pare o se acelere tanto que no me permita respirar.    Tomo una decisión rápida: no voy a salir. Me excusaré como sea, diré que me encuentro indispuesto, que otra vez será. Sólo que, si lo hago, sé que no habrá más ocasiones. Me iré sin mirar atrás. Me negaré a aceptar cualquier llamada que tenga algo que ver con esta noche. Esta responsabilidad no será mía, no he firmado ningún papel. Simplemente huiré, como siempre hago, y dentro de un tiempo ya nadie se acordará de lo que ha pasado. No les volveré a interesar. Pensarán en mí como ese cobarde que no fue capaz de coger el micrófono y explicar qué es lo que hace y por qué lo hace.

    Recuerda, en un instante de lucidez, que se lo prometió a ella. La única relación real que ha tenido en su vida y con toda seguridad la única que se llevará a la tumba. Y ni siquiera fue lo que se espera que sean las relaciones. Ni siquiera pudo darle nada de lo que se supone que uno da.
    Ah, Victoria. Le debe tanto que no sabe si aún la ama o si maldice el día en que se conocieron. Quizá ninguna de las dos cosas. Tal vez nunca la ha amado y jamás la ha conocido. Pero se lo prometió. Si queda algo de aquellas semanas que compartieron, es esa noche, en ese auditorio, ante las doscientas personas que mantienen efusivas conversaciones al otro lado de la puerta.

    El disco es para ti, eso es cierto. Lo escribí tumbado a tu lado, apoyándome en la parte baja de tu espalda mientras decías cosas absurdas sobre mi sentido del humor y lo valiente que era aunque pensara lo contrario.    Algunas veces creo que has sido sólo un producto de mi imaginación. Que nunca nos conocimos, que ni siquiera existes. Hemos desaparecido por completo de la vida del otro. Durante dos meses infinitos, mis veinticuatro horas te pertenecieron aunque nunca llegué a dártelas. Y, después, la nada. Aunque me aferro a la idea de que has estado aquí, de que has servido de soporte a mis partituras, se me olvidan tu olor y tu textura, y las notas dejan de tener sentido.    He escrito un disco para un fantasma, y he cometido el error de querer cumplir una promesa que jamás hice. Es hora de despertar. Despierta.

    Da un bote al notar que alguien le toca los hombros y tira al suelo la colilla medio usada. Se gira y siente terror y admiración al mismo tiempo, una mezcla vertiginosa que nada tiene que ver con todo lo que ha bebido esta noche. La observa como quien mira a su peor enemigo.
    Victoria. Alta, hippie, envejecida por los años. Se le forman arrugas cuando sonríe y él da un paso atrás. Está ahí, frente a él, con la misma expresión de siempre. Empujándolo.
Me has hecho esperar demasiado tiempo – dice ella -. ¿Cómo has podido ser tan cruel? Todos estos años... nunca me he olvidado de ti. Siempre estaba pendiente.
    No responde. Apenas puede pensar en los acordes arrancados a su piel, ni siquiera recuerda cuáles eran las canciones que hablaban de ella. Una voz le presenta, haciendo referencia a su carrera como compositor de diversas bandas sonoras y a las colaboraciones que ha hecho con algunos artistas de renombre. Pronuncia títulos que no le dicen nada y nombra estilos que le son ajenos.
    Al otro lado de la puerta, hay doscientas personas que esperan verlo llegar. Le sacarán fotos que compartirán con sus contactos y formularán preguntas sobre cosas que no entiende. Hablarán de música. Y él no sabe nada de música.
    - No puedo hacerlo.
    Ella extiende la mano y la desliza por su cara. La ternura sigue viva en sus ojos y el calor que irradia le devuelve cierta calma. Observa las bisagras metálicas que lo apartan del otro lado y después intenta buscar una vía de escape que el fantasma de Victoria no pueda impedirle alcanzar.
    - ¿Cuántas veces más vas a huir de ti mismo? - pregunta Victoria - ¿Cuándo te vas a aceptar? ¿Cuándo te vas a permitir existir tal y como eres? ¿Cuándo vas a dar algo real a los demás? ¿Cuándo te vas a dar algo real a ti mismo?
    - Basta.
    - Sabes que esas canciones que escribías en mi espalda eran mentiras. Sabes que yo era mentira. ¿A qué esperas para ser sincero?
    - Vete, Victoria.
    - Por una vez, sé honesto. Entra en esa sala y explícate a ti mismo qué es lo que haces y por qué lo haces.

    Doy media vuelta y camino por el pasillo sin apenas escuchar los aplausos que me acompañan. Aunque puedo ver a la gente en sus asientos, a los cámaras preparados para sacar la mejor fotografía del evento y a algún periodista que empieza a tomar notas (quién sabe de qué) en su cuaderno, nada de ello ejerce un impacto verdadero sobre mí.
    Ya no tiemblo. He dejado de sudar y he recuperado el pulso. Estoy un poco borracho y me cuesta subir los escalones del entarimado. No miro a nadie a los ojos y no escucho la voz que me recuerda lo agradecida que se encuentra la organización.
    Victoria ha desaparecido. Y yo, con ella, me diluyo en la noche.
    - Cuento mentiras, y lo hago porque desconozco la verdad.