sábado, 3 de diciembre de 2016

El Norte

Temblaba como una hoja 
bajo el beso de tu mirada, 
culpable de herejía 
al soñarte y no verte, 
al escribirte y no escucharte.

Me ardían las entrañas, 
salpicadas de azul, 
autoras del sacrilegio 
de pensarte y no hablarte, 
de oírte y no leerte.

Me rompía en pedazos 
y explotaba de júbilo, 
deshacía las costuras 
y me pegaba los ojos.

Moría a ratos, 
lloraba fuego 
y me lamía trozos de carne 
en las comisuras de los labios.

No te conocía 
y no me conocías.

No te conocía 
y no quería conocerte.

No te conocía, 
no me conocía.

Oía tu nombre y lo sentía hueco; 
el mío, la resonancia extraña de tus palabras.

No te conocía 
y no me conocías, 
pero notaba un aliento huidizo 
colarse en mis fosas nasales.

No te conocía 
y no quería conocerte, 
aunque no había noche 
que no me imaginara en tu espalda.

Quería atrapar el espectro 
y proclamar la victoria, 
ser el primer hombre en la luna.

Quería ser el arrullo 
y la nana previa al sueño, 
atravesar el Atlántico.

Pero no te conocía 
y no me conocía, 
y no te veía 
y no me veía.

Quizá no eras tú. 
Quizá no era yo.

Quizá hubiera un poco de ti, 
tal vez un reflejo de mí.

Si en algo me señalaba, 
no era totalmente ciega.

Si en algo me encontraba, 
no eras sólo un aliento.

Moría a ratos 
y me iba arrancando la piel. 
Lamentaba lo nunca dicho 
y extrañaba las viejas fobias.

Quizá no eras tú, 
pero te estaba respirando. 
Quizá no fuera yo, 
pero a veces me mirabas.

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