miércoles, 4 de enero de 2017

Elementos

Cuando éramos fuego, el aire a nuestro paso se contagiaba de humo y la hierba y los mosquitos se calcinaban hasta morir.
No podía existir vida en torno a nosotros, pues nos alimentábamos de ella como vampiros cuya única marca en la historia es una hilera de cadáveres drenados. 
Después fuimos tierra y dimos a luz un universo que nos consumió y nos explotó hasta esterilizarnos, reducidos a un barbecho permanente sin lágrimas.
Como agua nos escurrimos entre nuestros propios resquicios, costuras envejecidas que se iban aflojando. Empezamos a enfriarnos y tornamos el crepitar de la brasa en un chasquido seco al toparnos y rechazarnos.

Cuando éramos fuego, nos expandíamos más allá de nuestros cuerpos y en nuestro egoísmo envolvíamos en llamas ciudades y pueblos. No sabíamos parar, y lo devorábamos todo con el hambre voraz de la adrenalina.
Después fuimos tierra y parimos hijos sin alma y poemas adultos, y perdimos la rima y cosechamos un vértigo infame. 
Como agua nos deslizamos por superficies quemadas y hallamos refugio entre las raíces nuevas, y vimos partir el instinto y la luz, y nos conformamos.

Ahora flotamos sin redes y amamos sin brasa. Lo observamos todo con curiosidad, ajenos y graduados. Nos sentimos libres.

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